16 jul. 2014

Durmiendo con el enemigo

Este no es un post sobre mi marido. Ya creían, no?
Cuando llegamos al pueblo recibimos una casa donde vivir. No es una típica casa de Malawi. Se nota que los encargados han hecho un esfuerzo en acomodarla a estándares superiores a los normales. La casa está rodeada de un jardín, hay algunos árboles frutales y está completamente cercada con carrizo. No está muy bien protegida, pero por aquí no hay nada más que eso.
Junto con la casa recibimos dos perros guardianes. En realidad eran tres pero mi previsor marido transfirió al más travieso porque me conoce muy bien. No estoy acostumbrada a las mascotas. En mi vida solo tuve un perrito miniatura y mi hermana tuvo un hámster. Los perros grandes me ponen nerviosa y si encima saltan y ladran, me quiero ir corriendo.
Yo acepté a los perros pensando en la seguridad. Este pueblo no es peligroso y la gente es siempre muy muy amable, pero es bueno tomar previsiones, así que decidí tragarme mis miedos.  La de tamaño mediano se llama Joy y ha resultado tener una gran personalidad. Es juguetona e inteligente. El grande se llama Calle. Tiene la personalidad de Gigantón, ése de los pitufos. A pesar de su gran tamaño es tontín tontín.  Joy siempre le quita la comida y cuando les damos galletitas tenemos que cuidar que los dos coman pues Joy siempre está al acecho. Una vez le dimos medio chorizo a cada uno. Joy se lo pasó como si fuera pastillita mientras Calle se demoró diez minutos en asegurarse que el pedazo de chorizo era comestible.  Joy tiene una enfermedad de la piel a la cual estamos tratando de combatir. Mi marido le estuvo inyectando un medicamento semanalmente y como premio le daba una galletita. A la segunda semana Calle también quería la inyección. Lo curioso es que creo que le atraía más la aguja que la galleta.
Tener mascotas es divertido. Lo que nosotros no sabíamos es que íbamos a tener muchas más mascotas que los dos perros. La primera noche que pasamos en esta casa nos pusimos a ver una peli. Yo estaba sentada y al fondo se veía el pasillo que comunica el living con los dormitorios y los baños. En el medio de la peli, yo noto que algo se mueve cerca de la puerta del baño. Me fijo bien y era un ratón. El animalito salía del baño y quería entrar a la cocina. Obviamente hubo muchos gritos, todos provenientes de mí.  Al fin espantamos al ratón para que se vaya de la casa, pero donde hay uno siempre hay más. La casa alojaba a una familia entera de ratones, desde los abuelos, los padres, los hijos, los nietos y los bebes. Me costó mucho deshacerme de ellos. Incluso los perros colaboraron con la tarea. Después de aturdir a uno y sacarlo a la terraza Joy se lo llevó en el hocico. No quiero imaginar que pasó después. El último en morir con veneno se fue a la tumba con el dulce sabor de la venganza. Vino a morir debajo de mi cama, justo en mi lado, y lo descubrí al día siguiente cuando el olor lo delató. Para asegurarme que no vuelvan he mandado traer desde Noruega unos aparatos que emiten ondas de sonido que hacen imposible que los ratones se alojen nuevamente en la casa. Hasta ahora parece que es un éxito!
La gente que vivió antes de nosotros en esta casa tenía prioridades distintas. La limpieza no estaba en su top ten.  La cocina era una habitación lúgubre, los focos no funcionaban y solo había una lámpara alumbrando un rincón. La comida estaba en paquetes abiertos, las ollas y cubiertos tirados por cualquier lado. Me contaron que todo lo utilizado en la cena se quedaba en el lavadero esperando a que la señora que ayuda con la limpieza llegue al día siguiente. Y en ese ambiente alguien que todos conocemos hizo su Shangrila. Estoy hablando de nuestra odiosa amiga la cucaracha. Si los ratones tenían a toda su familia instalada, las cucarachas tenían todo un barrio. He tenido que hacer una revolución para desterrarlas. Incluso he tenido que cambiar pisos, paredes y muebles. Todos pensaban que era una guerra perdida pero, después de seis meses,  puedo decir que si llega una cucaracha a esta casa, no va a encontrar un buffet del que servirse a su gusto. La foto que sigue muestra la superficie de la mesa que encontramos en el comedor. No se podía poner un vaso sobre ella sin que se voltee y todas esas cavidades eran condominios residenciales de cucarachas.


El día siguiente a mi llegada, cuando todavía estaba pensando cómo solucionar la crisis de los ratones,  me siento a tomar un vaso de agua en el living cuando escucho un chillido. Pero el ruido no venía de algún rincón, venía del techo! Esta casa tiene un tejado (hay temporada de lluvia) de metal exterior y unas placas de madera/yeso en el interior. Entre tejado y placa tenemos Transilvania, un criadero de murciélagos. Los bichos han tomado posesión del lugar y son inamovibles. Hay días tranquilos cuando casi me olvido que están ahí, pero supongo que también tienen sus días difíciles porque se escuchan peleas y arañazos. Lo peor es cuando vemos alguna película de acción en la casa. Si hay una bomba, los murciélagos gritan a lo loco. Y de vez en cuando algún murciélago dormilón relaja mucho la patita y se cae contra la placa de yeso, dándome un susto de muerte.
Siempre sospeché que tenía miedo a las lagartijas. En Lima no hay (al menos no donde yo vivía) y en Noruega tampoco. De ese miedo irracional, si es que en algún momento lo tuve, supongo que me curé a puro tratamiento de choque. Calculo que en los peores días hemos tenido como 100 lagartijas dentro de la casa. En estos días es menos, creo que es porque estamos en la época fría. No puedo luchar mucho con ellas, si son bebes me dan risa, si son pequeñas me parecen muy insignificantes para molestarlas, si son medianas me da cosa tocarlas con la escoba porque pienso que las puedo matar en el acto (y sería peor limpiar tripa de lagartija!). Sólo a las muy grandes las persigo y trato de botarlas de la casa, aunque a veces hasta ellas tienen la capacidad de desaparecer como Houdini. Hasta hace poco tenía una en el techo del baño. Se llamaba “Perv”. Solo salía de su escondite cuando yo me bañaba.
Un día salí a la terraza a recoger ropa tendida al sol. Descuelgo una camiseta y siento que me cae algo en la cabeza. “Eso” rebotó en el piso y luego dio un salto hacia la baranda. Era un sapazo! Y no es el único. Hace poco fui al bano y cuando jalo la palanca vi que un sapo luchaba por quedarse fuera del agua. Di un grito de película de terror y mi marido vino corriendo. Cuando le dije lo que estaba pasando, él me respondió: Ahhh, olvidé decirte que ese sapito esta viviendo allí…


Afuera, en el jardín, hay muchas más criaturas haciendo su vida. Algunas son realmente espectaculares!


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